historía de un niño que sufrio el abandono y como esto le afecto su vida de adulto

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historía de un niño que sufrio el abandono y como esto le afecto su vida de adulto

Mensaje por Victoria el 10/4/2011, 3:56 pm



Las emociones violentas son frecuentes En nuestra sociedad se producen centenares de abando­nos de todo tipo, y si la pérdida no ocurre por la muerte de la persona amada, pocas personas serán conscientes de ella. El niño que se siente abandonado se vuelve vulnerable; puede volverse desconfiado, receloso de entablar relaciones; puede distanciarse de la persona a la que acusa de la separación y un sufrimiento pro­fundo por la falta de amor.

Rene era un niño así, y necesitó treinta años para curarse. Cuando sólo tenía cinco años su padre le dijo que subiera al coche, para ir a dar una vuelta juntos. Rene estaba muy ilusionado. Hacía muchos años que su padre bebía; su madre pasaba largos períodos en hospitales para enfermos mentales, y las risas y la feli­cidad escaseaban en su vida. Y ahora su padre lo llevaba a pasear... No se atrevió a preguntarle adonde iban, quizá sería al zoo, o al parque, o a ver un partido. No entendía por qué papá había venido a casa a media se­mana, aunque sabía que mamá volvía a estar muy en­ferma, porque había estado durmiendo todo el día y no se había levantado ni para hacerle un bocadillo.

Llegaron a un enorme edificio y allí aparcaron. En silencio, el padre le indicó que bajara. Había esta­do muy callado todo el viaje y no había sonreído ni una sola vez. Rene se preguntaba si estaría enfadado con él. Recordó que se había preparado solo el desa­yuno e incluso había recogido la mesa. Cuando sus padres discutían, nunca hacía ruido y se iba a su habi­tación para no molestar. Ese día no los había oído discutir, y por eso esperaba que sería un buen día.

Su padre lo cogió de la mano y lo llevó a una ex­traña sala, con un olor peculiar. Entró una monja que se puso a hablar con su padre, pero a él nadie le dijo nada. Luego su padre salió de la sala y al poco rato también salió la hermana. Rene se sentó a esperar, pero nadie acudía. Quizá su padre había ido al baño. Finalmente se levantó y miró por la ventana. Vio a su padre que se iba hacia el coche. Corrió hacia allá gri­tando: «¡Papá, papá, espérame!», pero la puerta del coche se cerró y el coche dobló la esquina y se perdió de vista.

Rene nunca volvió a ver a su madre, que regresó al hospital mental, donde dos años más tarde se suici­dó. A su padre tardó muchos años en verlo. Un día una extraña mujer fue a visitarlo, le dijo que se había casado con su padre y que pensaban sacarlo de allí para probar...

René trató entonces de agradar a su padre de to­das las maneras posibles. Pintó la nueva casa y traba­jaba febrilmente para que él le diera su aprobación. Pero su padre seguía tan callado como siempre. Ese silencio le recordaba la pesadilla del día en que se lo llevaron de su casa sin explicarle nada, sin siquiera un adiós ni un último abrazo de su madre.

Su padre nunca le dio las gracias ni le dijo que es­taba satisfecho de él, ni le explicó por qué lo había llevado a aquel orfanato sin avisar... René creció tra­tando de agradar, sin ser consciente de que, de adulto, esos miedos no lo abandonarían. Temía el alcoholis­mo, la enfermedad mental y el intimar con alguien. Su vida consistía en trabajar sin descanso para gustar a su padre. Nunca se permitió enfadarse, hablar en voz alta, ni expresar desagrado. Sólo se le alegraba la cara cuando veía a un padre o a una madre jugando con su hijo en un parque o empujándolo en el columpio del patio de un colegio. Pasaba su tiempo libre en esos sitios, disfrutando calladamente la risa de esos niños, sin ser consciente de por qué él no podía sentir amor ni reír.

De adulto se le presentó la oportunidad de exa­minar lo que había sido para él, el dolor, la angus­tia, el desespero y la incomprensión que le había pro­ducido el inesperado abandono del que había sido objeto en su tierna infancia. Sólo en cuestión de una semana, con ayuda de otras personas que compartían sus angustias en un lugar en el que se consideraba po­sitivo dar rienda suelta a las lágrimas y los miedos, surgió un hombre libre. Esa semana René se sintió incondicionalmente querido. Resolvió sus conflictos

y empezó a comprender su desconfianza y su dificul­tad para abrirse.

Si de niño alguien (preferentemente su padre) le hubiese hablado y hubiese tratado de comprender sus juegos, sus dibujos, su aislamiento, sin duda ha­bría sido fácil evitarle el dolor y los conflictos que arrastró durante décadas. Por extraño que parezca, no son cosas de siglos pasados, sino que son hechos que siguen ocurriendo cotidianamente en nuestra sociedad.

Muchos, muchísimos adultos padecen por no ha­ber sanado sus heridas de la infancia. Los niños deben tener la posibilidad de expresar su dolor sin que los tilden de llorones o de gallinas, ni les digan eso tan ri­dículo de que los hombres no lloran. Si los niños, cualquiera que sea su sexo, no expresan sus emocio­nes naturales cuando son todavía niños, más tarde tendrán lástima de sí mismos y otros problemas psi-cosomáticos. El hecho de poder expresar y compartir la pena y el miedo que se sienten en la infancia, pre­viene posteriores angustias.



Tomado de un libro de Elisabeth Kubler Ross




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