El árbol de la envidia

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El árbol de la envidia

Mensaje por Victoria el 1/4/2011, 8:57 pm

Había una vez un árbol que sentía fastidio por las demás especies naturales del bosque. Le daba tanta rabia, que se ponía verde de la envidia.

Cuando llovía quería tener las mejores gotas de agua; además le molestaba que las hojas de los otros árboles brillarán más con los rayos del sol. Y al ver que él era el primero al que el gris del otoño lo invadía, maldecía hasta más no poder.
Y aunque se trataba de una frondosa especie, no admitía que sus raíces no fueran las más fuertes.
¿Qué le pasaba?
Este árbol tenía sed.
Afrontaba la más terrible de las sequías, pues su sed era espiritual; todo por culpa de la envidia.
Esa forma de ser fue la que lo secó. Es irónico: a este árbol lo adelgazó la gordura de los demás.
Falló porque quería imponerse sobre el horizonte a toda costa y por encima de los demás.
Le pasó lo del clavo que quiso sobresalir: ¡recibió su martillazo!
Su envidia duró más que la dicha de sus vecinos árboles, pues después de la sequía que afrontó, su débil tronco demoró años en caer.
Todo el tiempo inspiró lástima.
Muchas personas, de manera desafortunada, se comportan igual o peor que el protagonista de esta historia.
¿Cómo detectarlos?
Usted los nota porque casi siempre los envidiosos se disfrazan con caretas tan postizas, que lo único que hacen es reflejar la hiel que inunda a sus corazones.
Si usted conoce a alguien envidioso, ¡castíguelo!
¿Cómo?
¡Devolviéndole bien por mal!
¿Por qué?
Porque no hay nada que desenmascare más a un envidioso que el hecho de hacer algo positivo por él.
La envidia nunca será buena, ya que es un cáncer que corroe el alma. Ella envenena y mata a todo aquel que la siente.

la esencia de la vida
En el interior de su corazón, usted escucha un murmullo que no es otra cosa que su consciencia.
Y si usted escucha esa voz interior ¿por qué sus palabras no se convierten en el eco de ese palpitar?
¿Para qué callar sus sentimientos, si al final no se puede mantener por mucho tiempo el disfraz? Sobre todo sabiendo que, tarde o temprano, las cosas vuelven a su punto; es decir, a su esencia y naturaleza.
Vivir así, con la sonrisa en la boca y el hielo en el corazón, es como ser un buen actor de comedia. Es salir al ruedo de las tablas, cubierto con una máscara a representar cualquier papel que le imponga el reparto o el libreto de una obra.
Quien se la pasa actuando, siempre se queda esperando el aplauso ajeno y su obra sólo concluye cuando el director de la escena le ordena retirarse del teatro.
Ese director, muchas veces es la misma realidad, aquella que termina obligándolo a usted a quitarse su falsa sonrisa y lo envía a enfrentar la vida misma.
¿Es usted de los que se hace como el que no ve?
A veces, cuando oímos a los demás hablar, notamos que se la pasan criticando a todo el mundo; sin embargo, cuando les preguntamos por ellos mismos, las respuestas que nos dan pareciera como si todos fueran unos ‘santitos’.
Cada día vemos a la hipocresía gobernando a los hombres y, muchas veces nosotros mismos, con nuestros actos y palabras, somos como ellos: nos escondemos tras la hierba, para atacar a los demás, como si fuéramos simples serpientes.
Tal vez por eso la gente les tema a las víboras, porque se enroscan de una manera minuciosa y, cuando menos se piensa, se estiran para inyectar su veneno.
De pronto, al leer estas palabras usted dirá: “yo no soy así, yo sí soy honesto”.
¿Será que sí? o ¿Acaso es de los que de vez en cuando confiesa uno que otro pequeño defecto, sólo para persuadir a los demás de que no tiene otros lunares mayores?
Estas líneas, hay que decirlo, no son una ‘oda’ a la hipocresía. Todo lo contrario, se convierten hoy en una invitación a ser franco en sus opiniones.
La idea de ser abierto y sincero, sobre todo, con los amigos, enriquece el espíritu y hace que nos entendamos mejor. Haga el ejercicio y verá que se sentirá bien.
Nunca trate de demostrarles a los demás, lo que usted no es. Para ganar amigos, un mejor puesto en un trabajo, una novia o incluso unos pesitos de más, no es necesario ‘disfrazar’ valores personales.
Una última recomendación: ser transparente, no significa ser rígido, ni mucho menos agresivo. No se trata de herir a las personas; es sólo cuestión de mantener la sonrisa en su boca; eso sí, conectada con el calor embriagante de su corazón.

EL GENERAL ENVIDIOSO
Cuando al General Saldaño le preguntaban cómo estaba, siempre respondía: ‘Me siento mal, muy mal”.
¿Qué le pasaba?
¡Nada! Él mismo lo decía: “no me duele nada, pero es que soy tan viejo que me da vergüenza decir que estoy bien. Además hay tantos más jóvenes que yo, que me da rabia”.
Siempre se le veía así, imprimiéndole a su semblante un gesto de envidia; era como si le doliera vivir.
Se sentía amargado y refunfuñaba porque a los otros generales les colocaban más estrellas que a él.
Este militar nunca frenó su afán por las golosinas y comía a cántaros. Aunque los médicos siempre trabajaron para conservarle su salud, jamás atendió consejo alguno, ni mucho menos respetó los hábitos alimenticios que le recomendaban. Un día se tuvo que retirar del Ejército, entre otras cosas, por su delicado estado de salud.
El menosprecio por su salud se acrecentó después de su retiro militar, justo cuando se quedó sin un por qué vivir, pues decía que su trabajo era la razón de su ser.
Al parecer el protagonista de esta historia vivió 84 años. Bastantes, ¿cierto?
Aún así, quienes lo conocieron siempre aseguraron que eso nunca fue una vida, sino una ‘Quejadera al General’.
Era un hombre envenenado por su amargura.
La salud de él nunca fue la cara de presentación de su vida, al menos no fue su lado amable. Todos sabían que era un ser envidioso, su cara lo delataba.
Usted en su vida tiene que ser un hombre sano, sobre todo, en el pensamiento. Porque más allá del semblante, su rostro y su actitud son los lustres y los matices de su mente y de su alma.
Es cierto que cuando gozamos de buena salud, damos buenos consejos a los enfermos porque no somos los que estamos ‘guardando cama’.
No obstante, una cosa es estar en precarias condiciones y otra muy distinta es quejarse por ‘bobadas’.
La idea no es conservar la salud con un régimen de sonrisas, cuando el mundo se le derrumba. De lo que se trata es de cambiar el semblante, porque su cara es el fiscal de sus intenciones y, por ende, sentirse más enfermo de lo que está, lo llevará más al cadalso de su mente negativa y envidiosa.
fuente www.vanguardia.com gracias a Euclides Ardila Rueda por permitir publicar sus mensajes en este foro




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